La invasión

“Cuarenta años es un buen plazo para saber si un libro resiste el paso del tiempo”. Cincuenta y cuatro años son ya un arco temporal lo suficientemente amplio para conferirle a una obra la condición de clásico más allá del simple paso del tiempo.

El conjunto de cuentos que conforman desde 2006 el tomo de La invasión nació originalmente como Jaulario y supone un momento crucial en los años que posteriormente Ricardo Piglia, su autor, (Adrogué, 1941) denominará “de formación”; se trata de la suma de obras con las cuales “Jorge Álvarez parece entusiasmado (…). La semana próxima se va a constituir un tribunal presidido por [Rodolfo] Walsh para juzgarlos. Me gusta esa metáfora porque veladamente alude a la peligrosidad literaria que me gustaría tuvieran mis escritos”.

El lunes 13 de febrero de 1967, Ricardo Piglia recibe, con un timbrazo, una noticia condensada en catorce palabras que, provenientes de La Habana, lo colocarán en situación singular: “Su libro primera mención en Premio Casa. Lo publicaremos en los próximos meses. Felicitaciones”.

Se trata, escribe Piglia en esa misma entrada del 13 de febrero, de alegrías siempre incómodas, “demasiado sociales” y que en el fondo no sirven. “De todos modos es lo que quise, lo que yo mismo buscaba, un acceso, un puente a la ‘literatura’ entendida como un territorio distante a la escritura”. Pensándose en una doble perspectiva, la del que escribe y la de quien espera publicar, Piglia sostiene, instalado en la segunda de las sedes, “que aparecen ahora algunas certificaciones: un premio (que no es un premio, sino una mención) y una doble edición prometida: el libro saldrá este año [1967] en La Habana y en Buenos Aires”.

La confirmación telegráfica produce en Piglia una “vaga sensación de irrealidad”, pero es capaz de explicarse esta mención sin faltar a la verdad: “un libro concreto, una poética lacónica y nada fácil ni complaciente” como puede desprenderse de la lectura de “Tarde de amor”, el relato cuya primera versión no le convencía y que no duda en decir que –“es el más arriesgado”— por lo cual “poco tiempo después de publicar el libro volvía a escribirlo manteniendo la situación inicial pero cambiando los personajes. Por supuesto la misma historia con otros protagonistas es otra historia (y sin embargo es un sentido es también la misma).

Originalmente [1967], La invasión estuvo compuesta por los cuentos: Tarde de amor; La pared; Una luz que se iba; En el terraplén; La honda; Mata Hari 55; Las actas del juicio; Mi amigo; La invasión y Tierna es la noche.

Hacia finales de marzo de 1967, Piglia se confiesa así mismo que está tratando de corregir “trabajosamente” La invasión; ese momento de duda en que un libro, cualquiera que este sea, puede pasar a la imprenta o quedarse “para siempre en un cajón”. El seis de abril nuevas dudas sobre el estilo lo asaltan. “Eso siempre sucede cuando uno analiza las frases aisladas y pierde de vista el tono general del relato (…) nadie lee un libro con tanto detalle como (…) que lo escribe”.

Para junio las dudas han crecido más; Piglia cree que debe esperar un par de años más para publicar La invasión en Argentina, sin embargo “…me he dejado llevar por el entusiasmo de ciertas lecturas (…) por mi convicción de que el libro no tiene nada que ver con lo que se está escribiendo ahora…Estoy seguro de que el volumen está a la altura de lo mejor que se ha publicado en el género en estos tiempos…pero desde luego eso no significa nada o, en todo caso, no sé si eso alcanza para justificarlo”.

Las preocupaciones de Piglia eran infundadas. El libro estaba listo para su edición desde que el jurado del Premio Casa de las Américas decidió otorgarle una mención; se preveía también una invitación a la isla a instancias de Francisco Urondo, Noé Jitrik y César Fernández Moreno y por boca de Dalmiro Sáenz, integrante del jurado del premio junto a Virgilio Piñeira y Jesús Díaz se enterará que “mi libro estuvo primero hasta el final” aunque el ganador de esa categoría resultó ser Antonio Benítez Rojo”.

El viaje del que Urondo le habló se concreta a finales de 1967. Piglia permaneció en Cuba “hasta el histórico Congreso Cultural de La Habana, a principios de 1968”. En su memoria prevaleció la frágil figura y atemorizada del poeta Virgilio Piñeira advirtiéndole sobre la existencia en el hotel sede de “micrófonos por todos lados”.

La edición original de La invasión consta de diez cuentos. A esa serie inicial Piglia agregó cinco relatos: Desagravio (1963), En noviembre (1965) y El Pianista (1968) “publicados en revistas literarias de Buenos Aires”.

Los relatos más extensos de La invasión y con los cuales se abre y cierra el volumen son El joyero y Un pez en el hielo. Las actas del juicio es particularmente destacado por Piglia y “Narra hechos históricos y es una conjetura sobre las razones del asesinato del general [Justo José de] Urquiza” y es también “–si ese parecer tuviera algún sentido— mi mejor cuento”.

En Años de formación, Ricardo Piglia sostiene que el narrador debe ser capaz de expresar “lo que todos los hombres alguna vez han sentido o sentirán”. Si eso es así, y no hay manera de decir lo contrario, el reto del narrador es “transmitir las emociones que alguna vez hemos experimentado o imaginamos que eran nuestras”.

Cómo se construyeron esas correas de transmisión no siempre es dable saberlo. Combinar la lectura de La invasión con el primero de los tomos de Los diarios de Emilio Renzi es tratar de viajar al centro mismo de La invasión; conocer de primera mano las dudas, los temores, y las formas de entender la literatura como un complejo ecosistema de nudas propiedades, un sistema poblado de préstamos, circulación y apropiación de ideas multivalentes y multidireccionales en el que los buenos escritores tienen claro lo que no quieren.

Si como lectores nos ha sido dado experimentar como propias las emociones ajenas, la suma de textos de La invasión es una buena vía para iniciar ese tránsito por este clásico que pasa de un siglo a otro con una facilidad pasmosa lo mismo en Desagravio que en Un pez en el hielo, El joyero, Mata Hari 55, El Pianista o En noviembre, estaciones vitales todas de un viaje al centro de La invasión. Leerlo, es homenajear al escritor oriundo de Adrogué que nacido el 24 de noviembre de 1941 hoy estaría cumpliendo 79 años y quien al paso de los viajeros que bajaban del tren, leyó, alguna vez, libros que estaban al revés.

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