Nuestra parte de noche

Ahí donde se cruzan el terror y la crónica periodística encuentra un espacio la literatura de Mariana Enríquez.

Su última novela, Nuestra parte de noche, publicada en 2019, narra muchas vidas. Por un lado, es la historia de un médium y de su hijo Gaspar, destinado a perpetrar el poder del padre en su cuerpo. Detrás está la Orden, una secta liderada por familias terratenientes, dueñas de plantaciones de yerba mate en el norte argentino. En contacto con la “Oscuridad” -un ente ultraterreno- buscan la vida eterna.

Por otro lado, la novela es el choque entre distintos marcos históricos, donde el terror deja de ser lo extraño y sobrenatural: la Londres de los años 60, el temor al sida y el despertar sexual, la explotación en los campos del noreste argentino, la última dictadura militar y, luego, el pasaje a la democracia. Es también el espacio donde Enríquez se lee y reescribe: entramos nuevamente en “La casa de Adela”, de su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego (2016), y entendemos su final.

“Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo”. La novela arranca con un epígrafe de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares. No es casual porque en ambas obras aparece la pregunta sobre la inmortalidad.

En el mundo inventado por Bioy, un científico crea una máquina para convertir el cuerpo, la vida, en proyección. El precio es la pérdida de la conciencia pero eso termina sin importarle al protagonista de La invención de Morel: “La eternidad rotativa puede parecer atroz al espectador; es satisfactoria para sus individuos. Libres de malas noticias y de enfermedades, viven siempre como si fuera la primera vez”.

En la ficción de Enríquez, el precio de esa inmortalidad es la perversión de los cuerpos, no solo de un padre y un hijo, sino también de campesinos, usados en rituales y desechados en fosas comunes. No existe “primera vez” porque los hijos son continuidad de los padres.

La escritora sostiene en una entrevista a Página 12: “Esta es una novela sobre la herencia y la dificultad de cortar los lazos de sangre. Eso te lleva a pensar la herencia política”. El terror está en la familia y en la casa.

Los protagonistas de Mariana Enríquez no buscan la eternidad: buscan tener su parte en la noche.

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