Memorias de una joven formal

En Memorias de una joven formal, publicado originalmente en 1958, Simone de Beauvoir parece querer narrarlo todo. Desde su nacimiento en el seno de una familia aristocrática que luego sufrió las consecuencias económicas de la Gran Guerra, hasta sus últimos años de estudio en la Sorbona. 

¿Qué hace de sus memorias una obra? O mejor dicho, ¿en qué momento cualquier texto se vuelve obra? 

A principios del siglo XX, nace la crítica literaria y, con ella, su objeto de estudio: el fenómeno literario. La literatura. 

Por primera vez, el formalismo ruso — que cuenta con nombres como Iuri Tiunanov, Víktor Shklovski, Roman Jakobson — se pregunta qué es la literatura y así, con su mirada, le da vida. La pregunta fundacional es qué hace de un texto una obra literaria. 

Desde la óptica estructuralista del formalismo, la obra se vuelve un sistema, una serie, que se crea en oposición a un modelo instaurado. Cada época tiene una definición de qué es obra y qué no. 

Años más tarde, para el filósofo alemán perteneciente a la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, la respuesta es otra. La obra es al mismo tiempo un hecho social y un fenómeno autónomo: necesita la distancia con la sociedad para hacer una crítica válida. 

Se podría seguir con la misma pregunta que muchos se animaron a responder. En su época postestructuralista, el filósofo francés Roland Barthes sostiene que la obra se diferencia del texto en tanto es aquello que se puede tomar con la mano. El texto, en cambio, es aquel con la capacidad potencial de generar infinitas lecturas. La obra es una. El texto es siempre otros textos.

En el caso de Memorias de una joven formal, inscrito en la misma época donde la obra es pregunta, el libro que crea la filósofa y escritora francesa es un todo que es vida. Narra sus amistades, la relación con su familia, los hombres, y su transformación de una niña católica — “una niñita formal, dichosa y bastante arrogante” — en Simone de Beauvoir. 

En ese mundo, y en la obra, es clave Zaza, una amiga de la escuela secundaria Désir, que se convierte en el personaje contrapuesto de la escritora francesa. Leemos: “No concebía nada mejor en el mundo que ser yo misma y querer a Zaza”. 

Zaza, en sus recuerdos, se vuelve un yo que la define y que la lleva a cuestionarse. Es el otro contra el que se enfrenta y, al mismo tiempo, el otro que quiere ser. 

En ese sentido, frente a su amiga, que se interesaba por autores particulares y criticaba a otros, Simone —excelente en todas las asignaturas—  ve la ausencia de originalidad: “La comparaba a mi vacío interior y me despreciaba a mí misma. Zaza me obligaba a esa confrontación, pues solía hacer paralelos entre su negligencia y mi fervor, sus defectos y mis perfecciones […]. No tengo personalidad”. 

En sus Memorias leemos: “‘Simone se interesa por todo’. Me encontraba limitada por mi rechazo a los límites”. Sin embargo, en esa búsqueda del absoluto está el germen de un acto de rebeldía: la ruptura con la religión. 

A diferencia de Nietzsche, la filósofa no plantea la muerte de Dios, sino transformarse en él: “Mi mirada era necesaria para que el rojo del haya encontrara el azul del cedro […]. Cuando me marchaba, el paisaje se deshacía, ya no existía para nadie: no existía en absoluto”. 

En el contexto del siglo XX, signado por el neoimperialismo y las guerras, Simone sostiene que “a fin de cuentas (Dios) parecía extraño al mundo en que se agitaban los hombres. Así como el Papa encerrado en el Vaticano no tenía que inquietarse de lo que pasaba en el mundo”. 

Frente a la ausencia de divinidad, la obra de Simone de Beauvoir busca abordarlo todo como reacción: “Quiero tocar a Dios o volverme Dios”. 

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