Cadáver exquisito

Siempre disfruté de la ciencia ficción en general, especialmente de la distópica, pero desconocía obras argentinas del género, excepto por La invención de Morel, de A.B.C. En el 2015, Pola Oloixarac vino a romper ese hielo en mis lecturas con Las constelaciones oscuras. Un poco después apareció Cadáver exquisito, y algo más acá Kentukis, de S. Schweblin. Con eso ya pude ir triangulando.

En Cadáver Exquisito, de Agustina Bazterrica, estamos en un mundo donde la carne animal ya no resulta comestible por culpa de un virus cuya procedencia sigue siendo un misterio. La sociedad, sin embargo, no se resigna al vegetarianismo forzado. Eventos espontáneos empiezan a tener lugar en distintas partes. Algunos criminales agarrados in fraganti, además de ser linchados, son desmembrados para ser comidos. (Las bacantes de Dionisos, un poroto.)

Los casos se multiplican en los sectores populares, las autoridades están perdiendo el control. Frente a esta situación, los estados deciden hacer lo que mejor saben hacer: formalizar y reglamentar lo que ya sucedía de hecho para así poder cobrar impuestos. A partir de entonces, los viejos frigoríficos y mataderos de animales pasan a tener otros huéspedes: bípedos implumes, creados con la ayuda de tecnología reproductiva, genética y de clonación, criados sin nombre y sin cuerdas vocales para que no puedan acceder del todo a la humanidad que les corresponde por derecho. Todo un aparato de prohibición y eufemismos se despliega para reordenar el vocabulario carnívoro ocultando el hecho de que se está comiendo otro humano.

Nuestro protagonista, a través de su trabajo, nos lleva a recorrer este mundo: el matadero y el frigorífico, sí, pero también una carnicería, un coto de caza y hasta una cena familiar cuyo plato principal es esta “carne especial”. Nos guía con repugnancia y resignación porque, si bien está en el centro de todo el sistema, secretamente lo detesta (locus classicus del género distópico).

¿Por qué permanece ahí, entonces? Esas razones son las que van revelándose con el libro. La relación con su padre, con su ex-mujer e incluso con la familia de su hermana van a ir ritmando sus decisiones hasta acorralarlo frente a un dilema ético y existencial.

En una entrevista, la autora resumía muy bien el efecto de conjunto del libro: cuando narra la parte del frigorífico retoma manuales reales de esas empresas y reemplaza “animal” por “humano”. Ese simple gesto vuelve algo cotidiano y naturalizado en una escena de terror. ¿Pero por qué no nos resulta terrorífico lo otro?

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1 comentario en «Cadáver exquisito»

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