Viaje Sentimental

«Después estalló la guerra. Nadie lo creía. ¡No puede ser la guerra! ¡No va a durar ni tres días!»

Empiezo esta reseña haciendo trampa. La cita no corresponde a Viaje Sentimental, sino a otro texto de Viktor Shklovski: Maiakovski. En mi mente, ambas obras son indisociables. Imposible pensar una sin la otra.

Shklovski escribió sobre lo que nadie más quería. Le gustaba incomodar. Tenía un estilo tajante, conciso, lacónico. Sus escritos están llenos de frases telegráficas. Podía condensar nociones muy abstractas en tan sólo un par de líneas. No leí a ningún otro autor capaz de conjugar de esa manera el horror y la belleza.

En Viaje Sentimental Shklovski narra desde su lugar de testigo dos hechos históricos fundamentales: la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial. El título es engañoso. Quizás sea una deformación romántica, pero a nivel personal la palabra «sentimental» me remite a un terreno luminoso. La primera vez que me enfrenté a este texto (no podría llamarlo «novela») me sorprendió encontrar el tono ácido, mordaz, que atravesaba cada una de las páginas. Shklovski se reía, presentaba una anécdota casi pueril, y de repente hablaba de la muerte por inanición. Lo odié en secreto. «¿Dónde está el formalismo ruso, Viktor?», pensaba.

Esa vez, su libro quedó olvidado en el fondo del cajón.

Retomé la lectura de Viaje Sentimental unos años después. Estaba absolutamente fascinada por la cultura eslava. Me empeciné en demostrar que ese libro tenía la clave para desentrañar ciertos conceptos nodales de teoría literaria. Entonces cebé unos mates, me senté con un resaltador fucsia y procuré repetir el gesto ancestral de todos los estudiantes de Letras: hacerle decir al texto lo que el texto no dice en ningún lado. Esa vez, sin embargo, estuve un poco más perspicaz. Le presté atención a frases como esta:

«Un compañero mío se calentaba con la biblioteca, pero es un trabajo enloquecedor: hay que arrancar las hojas de los libros, hacer pelotitas y meterlas en la estufa. Aquel invierno por poco no se murió».

Shklovski no me hablaba del formalismo. Pero repetía la palabra «frío» al menos veinte veces.

Nadie puede pensar con hambre y frío. Ni siquiera si sos el gran Viktor Shklovski.

 «Hacía frío, se quemaban los libros».

 «Mucha gente, entonces, se moría de hambre. No creáis que es una muerte repentina».

«El frío ocupaba los días».

«Te zumban los oídos, te quedas sordo por la tensión y caes de rodillas. La cabeza sigue pensando por su cuenta: ‘Sobre el nexo entre los procedimientos de la trama y el estilo’ «.

Y me di cuenta. Shklovski siguió pensando en la escritura incluso en medio del caos, de la desesperación y de una guerra que parecía extenderse eternamente. Su Viaje Sentimental no era un tratado estilístico. Pero sí constituía un testimonio de su cultura, de su tiempo y de su propia experiencia humana como ruso.

«Ojalá fuésemos menos astutos y clarividentes en política. Si en lugar de intentar hacer la historia, intentásemos simplemente ser responsables de los hechos particulares que la componen, quizá seríamos menos ridículos.

No es la historia lo que hay que hacer, sino una biografía».

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