100 años de Clarice Lispector, la escritora que devoraba libros y robaba rosas

Por Daniel Mecca // @danielmecca //

Cuando Clarice Lispector aprendió a leer y escribir devoraba libros. Pensaba que un libro era como un árbol, como un animal, una cosa que nace. No sabía lo que era un autor. Para ella, como ocurría con la poesía en culturas antiguas, la escritura no era de nadie. Con el tiempo Clarice descubrió lo que era un autor. Entonces dijo lo definitivo: Yo también quiero.

Clarice Lispector (1920-1977) nació para escribir. Se definía inquieta, celosa, áspera, desesperanzada. Un casi todo. Ella, de chica, en Recife (Brasil), bajaba la escalera y se quedaba en la puerta de entrada de la casa y a todo niño que pasaba —fuese quien fuese— le preguntaba si quería jugar con ella. Dirá: “Y lo tuve todo, y más que no sé, lo que es el caldo de cultivo de cualquier historia”. Ella era sus historias, sus geografías.

Porque siempre estuvo en las orillas. Había nacido hace 100 años en 1920 en Ucrania en una pequeña aldea llamada Tchechelnik que no figuraba ni en el mapa. Alguien la definió como una extranjera en la tierra. Como en Jorge Luis Borges (cosmopolita y nacional a la vez), ese ‘no lugar’ a Clarice Lispector le permitirá escribir sin ataduras, pero también será su materia de búsqueda. La libertad no tiene geografías.

Cómo son las cosas que la poeta estadounidense Elizabeth Bishop afirmó de ella: “Creo que es mejor que Borges”. Y el legendario traductor norteamericano Gregory Rabassa la comparó con Marlene Dietrich escribiendo como Virginia Woolf. El exhaustivo libro Clarice, una vida que se cuenta (Adriana Hidalgo Editora), de la crítica literaria y profesora brasileña Nádia Battella Gotlib, retrata la vida, las latitudes de adentro de Clarice.

Lo primero que escribió Clarice fueron cuentitos que mandó por correo para la selección infantil de los sábados de un diario de Recife. Nunca ganó. Tuvo una infancia sin nada. Se lee en el libro: “Quien nunca robó no me va a entender. Y quien nunca robó rosas, entonces es que nunca podrá entenderme. Yo, de pequeña, robaba rosas”. Y también, luego de ver un chico dolorido por el hambre: “Cómo devoro con hambre el placer de la revuelta”.

Un recuerdo de niña —que contó en sus crónicas en el Jornal Do Brasil (1967-1973)— la define: la pequeña hija de un librero le comentó que había llegado a su casa el libro Reinações de Narizinho. Dijo Clarice: “Era un libro grueso. Dios mío, un libro para vivir con él, comiéndolo, durmiendo con él y estaba totalmente por encima de mis posibilidades”. Aquella niña le dijo que pasara por su casa al día siguiente que ella se lo prestaría.

Clarice, literalmente, fue corriendo al día siguiente. Todas esas horas no había vivido —contó—, sino flotando lentamente en un mar suave. Pero, al llegar, la otra niña no la invitó a pasar. La miró fijo en la puerta, le dijo que había prestado el libro, que regresara mañana. Clarice volvió al día siguiente y recibió la misma respuesta. Otra vez. Y otra vez. Y otra.

No faltó nunca. Hasta que un día, en la puerta de la casa, apareció la madre de esa niña. Vio lo que pasaba, retó a su hija y le entregó el libro a Clarice. Al llegar a su casa no lo empezó a leer. Fingía que no lo tenía, solo para sentir después el sobresalto de tenerlo. Fingía que no sabía dónde había guardado el libro para luego encontrarlo.

“No era yo una niña con un libro: era una mujer con su amante”, escribió.

Para Clarice la felicidad era clandestina.

Nota publicada originalmente en el diario Clarín.

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  1. Magnífico recuerdo para una tremenda autora. Gracias por otra nota homenaje, vasto Daniel.
    Gracias! Saludo desde Córdoba, bendiciones!

  2. Clarice 💜 Su literatura es imprescindible. Me conmueve aun en las relecturas. Hermoso tu recuerdo. Bueno, no se puede esperar menos de vos, que nos enviás poesía por wap todos los días.

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