25 años sin Fabián Polosecki: lo que no está en plena calle es literatura

Por Daniel Mecca // @danielmecca //

En pleno menemismo, mientras la televisión de masas se burlaba de la gente, el periodista Fabián Polosecki sacaba las luces de las cámaras posadas sobre las estrellas y famosos y las ponía en las voces secretas, anónimas, sórdidas, de la ciudad. Fabián Polosecki, Polo, se quitó la vida el martes 3 de diciembre de 1996. Tenía 32 años. Veinticinco años después, sus programas son un fenómeno de culto, resignificados, como una escuela de todas las cosas en el periodismo.

Fabián Polosecki nació el 31 de julio de 1964. En los años treinta, su abuelo Marcos llegó de Polonia a Buenos Aires, con sus hijos, ante una Varsovia acechada por la persecución, el antisemitismo, la muerte nazi. Marcos fue obrero gráfico, camino que luego la abriría a la familia Polosecki una importante encuadernadora editorial en el barrio de La Paternal.

Josué, padre de Fabián, trabajaba en ese taller y tenía una militancia en el Partido Comunista. Aída, madre de Polo, a los 10 años ya juntaba fondos para las víctimas de la guerra en Stalingrado con la Junta Juvenil por la Libertad. Claudio, hermano mayor de Polo, también militaba en el PC (luego sería alfonsinista). El propio Fabián Polosecki llegó a ser un importante dirigente de la Federación Juvenil Comunista (Fede) y un referente estudiantil. Durante la dictadura, un primo suyo, de 16 años, fue secuestrado y asesinado.

Polo abandonaría la militancia en el Partido Comunista. Llegó a ser uno de los trabajadores del diario Sur —había entrado a trabajar en 1989 en esa redacción fundada por el PC— que marcharía a fines de diciembre de 1991 hasta las oficinal del Comité Central del PC en repudio por los despidos masivos.

Dijo su mamá, Aída: “De chico era un vagoneta, con una gran facilidad para hablar con la gente. Era amigo del vecino de al lado, del gallego, del ruso, de las gitanas de la vuelta, del almacenero” (Polo: el Buscador, 2005, Catálogos). Polo tuvo que ir a cuatro colegios secundarios por las amonestaciones. Fue expulsado de un colegio industrial y pasó por un colegio nocturno, donde comenzó a conocer los personajes, las historias, de las sombras. Con los años él mismo sería parte la bohemia de los cafetines de la calle Corrientes.

Entre 1993 y 1995, Fabián Polosecki irrumpiría con los programas El otro lado y El Visitante, novedosas narraciones televisivas durante la gestión interventora de Gerardo Sofovich en ATC. Orbitaba en ellos una estética de novela negra americana, una impronta de historieta (leía, cuando era pibe, a Hugo Pratt, a Héctor Oesterheld). Polo, con su campera negra de cuero, el pucho en la mano, indagaba en lo más íntimo de personajes anónimos: videntes, espiritistas, trabajadores de mataderos, chorros, canas, prostitutas, jugadores compulsivos, motoqueros, buscadores de oro en las cloacas de Buenos Aires.

El otro lado —resultado, detrás de escena, de un enorme trabajo de producción, con investigadores periodísticos que rastreaban personajes— recibió dos premios Martín Fierro. “Yo no creo que haya un otro lado. Hay miles de otros lados, en todo caso. Si se quiere, es el otro lado de… es lo que no aparece, lo que no se quiere ver: que estamos en el mismo lugar, que pensamos muchas veces lo mismo. La sociedad tiene un discurso aparente que intenta dividirnos. Pero es este lado, es el vecino. No hay ningún otro lado”, dijo Polo en una entrevista en 1994, al reflexionar sobre el nombre del programa. Él, en realidad, tenía como idea original “El lado oscuro” o también “Tinta negra”. El nombre que finalmente salió fue idea de Sofovich (“una discusión perdida con el canal”, diría Polo). Resumía en otra entrevista: “Estamos todos en el mismo lado, sólo damos vuelta la cara”.

Polo dejó un modo de preguntar, de mirar y, sobre todo, de escuchar, un trabajo sublime sobre los silencios en el reportaje. Fue un perseguidor de historias. Desde la curiosidad, el asombro, miró hacia los márgenes. Porque, como dijo el escritor Henry Miller, en la introducción a su libro Primavera Negra: lo que no está en plena calle es falso, inventado, es decir literatura.

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