Crónicas del amor y el hartazgo con los libros: «El hermano de Stephen King»

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Compartimos una crónica de Cristian De Nápoli incluida en el libro En las bateas expuestas (Crónicas del amor y el hartazgo con los libros), publicado recientemente por añosluz editora.

En las bateas expuestas es su primera reunión de ensayos y crónicas en un libro. La integran textos que circularon fuerte en internet y otros que hasta hoy permanecían inéditos.

Por Cristian De Nápoli

Hace cosa de cinco años se apareció un día en el Parque (el Rivadavia) para sorpresa de todos un hombre muy parecido a Stephen King. Traía una mesita plegable de color blanco y que daba la impresión de ser liviana. Al hombro, dos bolsas con libros, ¿qué libros?, Carrie, Cementerio de animales, Misery, Cujo Puros libros de Stephen King, todos. Los puesteros del Parque, aunque no sean una cofradía, son celosos organizados y no miran con buena cara a la gente que aparece un día y tira manta o coloca mesita y se pone a vender. No pasa seguido, como sí pasó en 2001 y siempre puede volver a darse. Ahora, cuando pasa, por alguna razón el vendedor novato termina desapareciendo a los días. Sin embargo a este tipo nadie lo miró mal. Como si la extrañísima restricción profesional –vender libros de un solo autor– le otorgara cierta santidad. Desde entonces no hay fin de semana donde no brille, montada en un recoveco entre los kioscos, la mesita con los libros de Stephen King.

Hoy el hombre es un respetado de la zona. Muchos incluso le aconsejaron que vendiera otros libros, de otros autores. Y él medio que terminó fingiendo que les hacía caso. Armó una mesita paralela, más chica y a dos metros de distancia. Ahí pone cualquier otro libro, y lo hace claramente para transmitirles a sus colegas que él es un tipo abierto y sabe escuchar. A esos otros libros les pone precios ridículos. Ayer por ejemplo le compré La maravillosa vida breve de Oscar Wao, casi nuevo, y lo que me costó ese ejemplar está al límite del pudor. De haberle puesto el tipo un precio mínimamente más bajo, creo que me habría obligado a interpelarlo. Habría sido un encuentro frontal con el Otro, un cara a cara creador del Evento social y de la Verdad individual, para, como querría Emmanuel Levinas, decirle: “Loco rescatate, no regales tu trabajo”. Solo más tarde pensé: el tipo vende libros, pero su definición de libro es “objeto que en la tapa dice Stephen King”; los libros de no-King son no-libros. Dale a ese hombre un ensayo de Siruela o una novela de Anagrama y le estás dando una sustancia sin materia, sin espesor, un bitcoin vencido. La segunda mesita solo funciona, lo que no es poco, para estar en paz con el resto de los puesteros (los cuales, por misteriosa paradoja de la economía, recién lo aceptaron como un igual cuando empezaron a sentirse cagados por los precios bajos que el loco King les pone a los libros no-King).

Sé que muchos de sus clientes se preguntan y a veces le preguntan si escribe. Lo hacen quizás por su enorme parecido físico con Stephen King, o porque la santidad que emana de su mesita blanca levanta sospechas literarias. Yo todavía no me gané su confianza (en principio porque nunca le compré un libro de la mesa principal). Pero igual creo que no escribe, y es más: creo que se aferra fuertemente a no escribir. Y que en el no escribir encuentra su salvación social, su horizonte abierto, la fe que no se quebranta. Por un lado, si se sentara a escribir, tendría que aceptar que no es un King. Aunque su prosa fuese mala o excelente, sería distinta. Y el tipo no quiere ni merece eso. Pero hay algo más: si se sentara a escribir tendría que firmar su obra. Y él no escribe justamente porque su firma es King y no podría usarla. Por eso es que eligió ser un trabajador cien por ciento informal, y con ello una vida sin tener que realizar el menor trámite, firmar el menor papel. Resguarda así su identidad profunda y verdadera, su Real lacaniano de King, viviendo los días en un parque eterno siempre al límite entre la sociabilidad y la intemperie.

Octubre de 2018

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