El cuento de la criada, de Margaret Atwood: esto no es un cuento

Eitan Abramovich. AFP.
Eitan Abramovich. AFP.

// Por Martina Nudelman (@marti.nudelman) //

La ficción no existe. Entre ficción y realidad no hay abominable espejo.

En un cuento de Ficciones, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Jorge Luis Borges inventa un planeta y un país, indocumentados en un principio, que irrumpen, casi imperceptiblemente, en nuestra realidad. Un mundo donde no existe la continuidad del espacio e impera el idealismo total. Es así que lo que era un país inédito, y aparentemente inventado por un Adolfo Bioy Casares, hacia el final del cuento transforma nuestra percepción e, inevitablemente, nuestro lenguaje. El narrador del cuento concluye: “El mundo será Tlön”.

La ficción sí existe, pero no como signo opuesto a la realidad. La pervierte y se mezcla. La tiñe de rojo.

Joshua Roberts- Reuters

El cuento de la criada (editorial Salamandra) es una novela distópica de la escritora canadiense Margaret Atwood publicada en 1985. Representa un contexto histórico en el que disminuye la tasa de natalidad por abortos espontáneos y nacimientos con malformaciones. Detrás se lee el uso indiscriminado de la radiación y las centrales nucleares durante la Guerra Fría.

La historia cuenta cómo se instaura en Estados Unidos, rápidamente y casi sin resistencia popular, un régimen totalitario, el de “Gilead”, basado en la explotación de las mujeres que pueden reproducirse.

Las criadas — desde la voz de una de ellas conocemos este cuento — son obligadas a mantener relaciones sexuales con los Comandantes del régimen y a tener hijos para la clase dominante. Las mujeres infértiles, que no son esposas, en cambio, son “No Mujeres”, destinadas a lo que se denomina “Colonias”, donde deben dedicarse a recoger desechos tóxicos, o a la prostitución.

“¿Cómo es posible que crea que esto es mejor?”, pregunta la narradora, cuyo nombre jamás conocemos con certeza. Su Comandante, con el que establece un tipo de relación prohibida, sentencia: “Mejor nunca significa mejor para todos […]. Para algunos siempre es peor”.

La mujer vale por su cuerpo.

En Calibán y la bruja, Silvia Federici, escritora y activista feminista, en su análisis de la reproducción de la caza de brujas en América, sostiene: “La explotación de las mujeres había tenido una función central en el proceso de acumulación capitalista en la medida en que las mujeres han sido productoras […] de la mercancía capitalista más esencial: la fuerza de trabajo”.

La represión y el control de la mujer ha sido clave para el desarrollo del capitalismo por su rol esencial, el de reproducir la mano de obra. Es por eso que aún hoy se debate el control de la mujer sobre su propio cuerpo. No es casual el rol de la Iglesia, centro histórico de poder, en los frenos a la aprobación de la legalización del aborto.

Es en ese espacio de disputa que la novela quiebra el muro entre ficción y realidad.

Por un lado, porque plantea un régimen donde la mujer tampoco tiene poder sobre su cuerpo. Esto se reproduce y multiplica en todas sus dimensiones: la narradora porta, como el resto de las criadas, un nombre compuesto por el hombre al que pertenece (Offred o De-fred en la traducción en español). Incluso, la misma autenticidad de su voz es cuestionada por sus analistas en la ficción: “Si hubiera tenido una manera diferente de ver las cosas. Si hubiera tenido instinto de periodista, o de espía […]”.

Por otro, porque Atwood reproduce en un régimen ficticio prácticas históricas reales: el robo de bebés, el control de natalidad, el uso de uniformes para distinguir entre tipos de prisioneros, el rol de la mujer como madre y esposa.

Sin embargo, en la novela, no todas las mujeres son víctimas y no todos los hombres son victimarios. Un ejemplo es el Centro Rojo, donde adoctrinan a las Criadas en los preceptos del régimen. Estas escuelas-cárceles son el dominio de las “Tías”, mujeres defensoras de las tradiciones, que ejercen la fuerza para “educar” a las nuevas generaciones de mujeres. Así se concluye que “el modo más eficaz de controlar a las mujeres en la reproducción y otros aspectos era mediante las mujeres mismas”.

Nuestra criada sostiene: “Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son solo cuentos tienen más posibilidades. Si esto es un cuento que estoy contando, entonces puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real”.

NATACHA PISARENKO AP
Natacha Pisarenko- AP.

Es en la vida real que las mujeres, vestidas de rojo como símbolo de las Criadas -y en Argentina, además, con el pañuelo verde- se manifiestan frente a los Congresos, en las calles del mundo. Contra el recorte en salud, contra las políticas inmigratorias de Trump. Ahí donde la Iglesia se mezcla con el Estado. En defensa de la legalización del aborto.

En un poema de Margaret Atwood se lee:

La caída libre es caer, pero al menos es
libre. Ni siquiera sé
si salté o si me empujaron,
pero poco importa ahora
estoy aquí arriba.

Si El cuento de la criada no es un cuento, podemos decidir su final.

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