El silencio, John Cage y el compositor que incluyó una gran pausa en su lápida

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// Fragmento del libro Silencio, de John Biguenet, editado en febrero de 2021 por Ediciones Godot //

Por supuesto, el silencio no es el único recurso a través del cual un músico puede indicar la ausencia de sonido en una composición. Como en la poesía, los compositores también tienen la posibilidad de usar una cesura, simbolizada por dos rayas paralelas inclinadas (en inglés a menudo llamadas railway tracks o “vías del tren”) y a veces asociada con la “gran pausa”. La gran pausa, indicada con un calderón encima del silencio, extiende el silencio tanto como lo considere necesario el músico. Aunque rara vez figura anotado al inicio de una composición, con frecuencia los solistas lo agregan al empezar una performance. En el documental de Bruno Monsaingeon, Richter: L’insumis, estrenado en 1998, el gran pianista ruso Sviatoslav Richter recuerda la lección más importante de su profesor en el conservatorio de Moscú, Henrich Neuhaus: “En la sonata de Liszt, me enseñó algo esencial: los silencios. Cómo hacer que los silencios se oigan. Se me ocurrió un truquito. Uno sale al escenario y se sienta. Sin moverse, y en silencio, cuenta hasta treinta. Y en el público se genera una especie de pánico: ‘¿Qué está pasando?’. Y solo después de ese largo silencio, ese primer sol”.

Hasta hubo un compositor que incluyó una gran pausa en su lápida. La tumba del compositor ruso Alfred Schnittke en el cementerio de Novodévichi, en Moscú, está coronada por una piedra en la que figura un silencio grabado debajo de un calderón, con un fortississimo escrito en la parte inferior: un silencio muy, muy, muy largo.

Las distintas partituras de la obra 4’33”, de John Cage, son un buen ejemplo de las posibles representaciones del silencio. Como ya sabrá el lector, 4’33” es una composición que consiste exclusivamente de silencios. Cuando David Tudor la interpretó por primera vez en público, el 29 de agosto de 1952, empezó su performance cerrando la tapa sobre las teclas del piano. Guiándose por un cronómetro, el pianista indicó el final y el comienzo de los tres movimientos de la pieza abriendo y cerrando la tapa sin emitir palabra. Aunque la partitura original en blanco se perdió, en 1989 Tudor reconstruyó los pentagramas que había ido pasando tranquilamente con una mano mientras con la otra había sostenido el cronómetro aquella noche de verano, casi cuarenta años antes, en el Maverick Concert Hall, cerca de Woodstock, en Nueva York. Las pulsaciones por minuto y el compás en 4/4, sobre los pentagramas en blanco, y tres números decimales a lo largo del margen derecho (además del número de página en la esquina inferior derecha) son las únicas anotaciones del compositor para orientar al intérprete.

Una nota agregada por Cage a la edición de Henmar Press en 1960 indica la duración de cada movimiento; la partitura misma se ha reducido a tres números romanos, cada uno seguido por la palabra “TÁCET”. Antes, en el manuscrito de 1953 que Cage le regaló a Irwin Kremen, y que hoy forma parte de la colección del MoMA, los silencios de los tres movimientos estaban representados con líneas verticales que dividían las páginas en blanco en distintas secciones, con la duración de cada movimiento escrita a lo largo del eje de las líneas. Quizá inspirado en la nota de Cage que figura en la edición de Henmar Press, donde aclara que “la obra puede ser interpretada por un instrumentista o por un conjunto de instrumentistas, y puede durar el tiempo que sea”, un arreglo humorístico hecho en 2012 por Frank Leonard para quinteto de metales usa tres claves de sol y dos claves de fa, con cada pentagrama limitado a un silencio de redonda en el medio, con un calderón arriba.

Leonard demuestra así que es posible hacer una partitura convencional de la pieza. De todas formas, el propio Cage abandonó ese tipo de notación tradicional en favor de notaciones gráficas alternativas, con instrucciones verbales para que los músicos supieran qué tocar cuando no solo había cuatro minutos y medio de silencio. El interés de Cage por estos nuevos sistemas de escritura musical lo llevó a editar Notations, una colección de manuscritos de música moderna publicada en 1969. Como prueba este libro, él no era el único compositor que estaba experimentando con maneras innovadoras de representar el sonido y el silencio. Casi a mitad del libro el lector encuentra una partitura en blanco con un mensaje garabateado en la parte inferior, donde se indica: “devolver a C E Ives Redding Conn”. La página en blanco, casi idéntica a la que Tudor reconstruyó del estreno de 4’33”, sugiere que Charles Ives, quizá sin querer, había escrito una pieza silenciosa décadas antes que Cage, y había usado el mismo formato para representar la ausencia de música: pentagramas vacíos.

Una partitura similar, de veinticuatro compases en blanco, fue presentada en 1897 por Alphonse Allais, amigo de Erik Satie, como su Marcha funeral para las exequias de un gran sordo. (Cabe observar que Allais era un humorista francés, no un compositor). Si vamos a enumerar antecedentes, debemos incluir Fünf Pittoresken, pieza para piano de Erwin Schulhoff, de 1919, cuya sección titulada In futurum está compuesta totalmente de silencios. Y Kyle Gann ha encontrado una tira cómica de 1932, publicada en la revista para pianistas The Etude, donde un niño díscolo “se las ingenia para no practicar componiendo una pieza hecha enteramente de silencios. Lo más asombroso de la coincidencia es el nombre del dibujante: Hy Cage”41. (Estos predecesores no disminuyen el logro de Cage. Después de todo, como Henry David Thoreau le recuerda a su público en el liceo de Concord en 1842, hasta Homero tuvo a su Homero y Orfeo a su Orfeo).

Para más información sobre el libro: https://www.edicionesgodot.com.ar/libros/silencio/

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