Fogwill, la literatura y las recomendaciones para no ser Marcel Proust

Por Daniel Mecca / @danielmecca

Fogwill empezó a escribir a los ocho años.

Resulta que en una clase de catecismo tenían como consigna hacerle un regalo a la virgen. Algunos de sus compañeros llevaron una oración, otros una flor. Él escribió un poema a la entronización de nuestra señora de Fátima en la Parroquia del Sagrado Corazón de Quilmes: “Entronizar es traer una imagen, una virgen trucha de esas milagrosas, sí, la portuguesa, la de Fátima. Bueno, yo escribí ese poema. Era una porquería”.

Rodolfo Fogwill –de quien se cumpió este año 10 años de su muerte– adquirió oficio escribiendo informes de marketing, campañas de publicidad, fundamentaciones de campañas de publicidad, jingles, comerciales, guiones de cine, conferencias de presidentes de empresa. Lo dijo con estas palabras: quería hacer guita.

La mitad de su novela Los Pichiciegos –léanla– está escrita en un día y medio sin cocaína. Aclaró: “Justamente se me había acabado por eso estaba apurado en terminarla”.

El escritor –reflexionó una vez– tiene que tener una brújula especial que no apunte hacia el norte, sino que apunte hacia donde hay que ir. “¿Entendés? –continuó– Esa es la diferencia: si apunta hacia el norte perdió, si apunta hacia el norte el escritor se programa ser o un genio de estos best sellers que andan por ahí, o ser Cervantes o Proust; si vos querés ser Proust no vas a escribir nunca una novela”.

Fogwill creía que antes lo leían por ser Fogwill y después, los buenos lectores, lo leían a pesar de ser Fogwill: “Y algunos se desencantan, ¿viste? Dicen: no es tan impactante como en la foto (…). Eso lo aprendí de Leónidas Lamborghini en aquel poema famoso sobre el arte poética que decía: lo importante no es la belleza ni nada, lo importante es provocar miedo, ¿no?”.

En los años 80 –al menos eso comentó– inventó el eslogan: “Escribo para no ser escrito”. Esto significaba –explicó un poco más– que escribía para sentirse más dueño de sus actos que si leyera o si obedeciera a los estímulos del mundo.

Otra vez agregó: “Todos fracasamos en la vida porque, al final, el día que te agarra arteriosclerosis, alzheimer, Parkinson, la próstata, la eyaculación diluida, ese día fracasaste”.

Fracasemos. Fracasemos para no ser escritos.

Publicada originalmente en el diario Clarín.

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