La poesía es hostil al capitalismo: ocho años sin Juan Gelman

Por Daniel Mecca // @danielmecca //

Hace ocho años moría Juan Gelman.

Decía que la poesía no es un oficio. Que nadie se puede sentar a escribir poesía. Que uno la escribe cuando ella te visita, cuando te golpea la puerta después de haberse acostado con medio mundo. Y entonces sí: abrir la puerta, y uno escribe. O es escrito.

Había nacido el 3 de mayo de 1930 en Villa Crespo. Su padre había participado de la revolución rusa de 1905 y escapó de la Rusia zarista en el año 12 o 13. Logró regresar entre 1922 y 1923. Antes de que finalice la década, su padre decidió emigrar de Rusia a causa del avance del estalinismo tras el destierro de Trotsky y la muerte de Lenin.

Gelman, de chico, tocaba el piano. Su madre los hacía estudiar a él y a su hermana. Dijo alguna vez que mientras lo hacía miraba a los otros chicos jugar al fútbol en la calle. Los miraba desde lo triste. En su corazón había calle, cuerpo. Dijo que eran humildes, por eso nunca supo cómo su mamá lograba llevarlos de noche, una vez por año, al Teatro Colón.

Esas noches, para él, eran el sueño. Tenía seis años cuando llegó la Guerra Civil Española. Llegó a contar que en esos días, ellos, los chicos, juntaban el papel plateado de los chocolates porque se suponía que al fundirlos servían para hacer balas para la República Española. Cuando tenía 5 o 6 años, su hermano mayor le leía poesía en ruso. Él escuchaba como si mirara un cristal.

Fue al Nacional Buenos Aires. Fue empleado, camionero de una fábrica de muebles, vendedor de autopartes de automóvil. Estudió química en la universidad. Abandonó. Él quería ser poeta. Su madre le dijo una vez que no se puede vivir de la poesía. Tenía razón, decía él. Cuando Juan publicó su primer libro, se lo fue a mostrar a su madre. Ella lo miró con una sonrisa, una ancha sonrisa. “No vas a vivir de esto, Juan”, le tiró. Pero estaba orgullosa. Juan llegó a publicar más de 30 libros. Ganó, entre otros, el Premio Nacional de Poesía, el premio Juan Rulfo, el Reina Sofía, y, en 2007, el Premio Cervantes.

Luego llegarían los años de su acercamiento al peronismo armado. En 1976 fueron secuestrados sus hijos Nora Eva y Marcelo Ariel, junto a su nuera María Claudia Iruretagoyena, quien se encontraba embarazada de siete meses. Su hijo y su nuera desaparecieron, junto a su nieta nacida en cautiverio. La pesadilla. La soledad. Sus cuervos, sus perros, sus pedazos. La presencia ausente de lo amado.

Yo creo que todo lo que se escribe es un largo fracaso en conseguir atrapar a la poesía. Se pueden escribir poemas, pero escribir poesía es otra cosa. Como decía Dylan Thomas, hay momentos raros de felicidad en que la vivencia, la imaginación que la interroga y la expresión resultado de esa interrogación, se juntan muy bien: la vivencia, la imaginación y la expresión, en mi caso, son momentos raros”, dijo en una entrevista.

Gelman agregó que si uno insiste en este oficio ardiente que es la poesía es porque espera la aparición del milagro, pero que, como decía Dylan Thomas, lo milagroso de los milagros es que a veces se producen.

Dijo una vez que nunca fue el dueño de sus cenizas, de sus versos. Sus cenizas, como entonces, se expanden y suenan más fuertes aquellos versos suyos: “La poesía es hostil al capitalismo”. Nos queda.

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