La pregunta de Josefina Ludmer: ¿desde dónde se puede leer a Borges para salir de él?

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Compartimos un adelanto del artículo de la ensayista Josefina Ludmer (1939-2016) titulado «¿Cómo salir de Borges?», incluido en el libro Lo que vendrá. Una antología (1963-2013), recientemente publicado por Eterna Cadencia. El artículo de Ludmer fue publicado originalmente en 2000, dentro del libro Jorge Luis Borges: intervenciones sobre pensamiento y literatura, coordinado por William Rowe, Claudio Canaparo y Annick Louis.

En esta edición de Lo que vendrá de Eterna Cadencia se recopilan las lúcidas intervenciones críticas de Ludmer dedicadas al estudio de la literatura latinoamericana. Fueron escritos a lo largo de cincuenta años y hasta ahora estaban dispersos en libros, actas y revistas. Así, pueden leerse artículos sobre Macedonio Fernández, Alfonsina Storni, Felisberto Hernández, Guillermo Cabrera Infante, Augusto Roa Bastos , Pedro Juan Gutiérrez y, claro, Jorge Luis Borges.

Por Josefina Ludmer

¿Desde dónde se podría leer a Borges para salir de él? ¿Desde qué posición de lectura? Confieso que esta es la pregunta recurrente que me hago desde que llegué a Buenos Aires, en mayo, y me encontré con el Centenario. Me encontré con Borges en la calle, la televisión, la radio, las exposiciones, los suplementos de los domingos y las encuestas de opinión, y hasta con los niños de escuelas primarias construyendo laberintos en su homenaje. La proliferación de Borges se parece demasiado a la que él mismo atribuye a Orbis Tertius: “Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la Tierra”. Borges se nos impone no solo como el Orbis Tertius o el imperio que él mismo imaginó, sino como el canon mismo. El canon contiene también, como el imperio, un principio de dominación, porque es la cima de una escala lineal y jerárquica, una lista de cumbres, en relación con las que se
miden todos los otros productos de su misma especie.

Por eso quisiera compartir hoy con ustedes mis inquietudes sobre los centenarios, los imperios y los cánones en a era de los medios, para ver si entre todos podemos concebir un lugar de lectura interno de Borges desde donde poder salir de él. Y ver qué quiere decir “salir de Borges con Borges”, desde adentro.

Como ustedes saben, todo lo que se lee se lee desde una posición determinada, con un tipo de mirada que es una perspectiva compleja: una serie de modos, de distancias, de discontinuidades y de movilidades. Como es una perspectiva revela algunos aspectos y oculta otros; contiene un punto ciego, un resto que se le oculta, si no, no sería perspectiva; sería una mirada totalitaria o panóptica como la de Dios. Desde dónde se lee a Borges (que es también qué se lee en Borges) podría ser la pregunta que nos hace ver la superposición y la variabilidad de esas posiciones, que son subjetivas, culturales y sociales, y a la vez históricas, literarias e institucionales. Porque en el juego complejo de relaciones que constituyen las posiciones de lectura se mezclan lugares y tiempos reales (imaginados y deseados), formas, procedimientos, estéticas, políticas y géneros. Las posiciones de lectura son móviles y ponen en tensión los puntos de vista que marcan los mismos textos literarios (y que dependen de sus estéticas o concepciones de la literatura) y los puntos de vista (institucionales o pasionales) que toman los lectores.

En la tensión entre una posición interna, que la misma literatura de Borges parece imponer, y las otras posibles posiciones que podrían tomar los que leen, quisiera instalarme hoy para buscar cómo salir de Borges desde adentro de Borges.

Por ejemplo: podemos leer a Borges desde la nación y desde el exterior (en una posición interna-externa en relación con la Argentina), porque él se nos aparece hoy a los argentinos como el signo de la exportación literaria en el siglo xx: es el escritor que se globalizó. Y entonces se nos abren de entrada dos perspectivas: leerlo desde la Argentina, desde adentro de la literatura argentina, y leerlo desde afuera, desde el exterior (y él mismo se colocaba en esa intersección, entre la historia universal de la literatura y la literatura nacional) o en la tensión entre este mismo discurso que lee a Borges desde la Argentina y lo enuncia en Londres. Si estoy en Estados Unidos o en Inglaterra podría preguntarme: ¿de qué tipo de producto literario se trata, y específicamente de qué producto literario latinoamericano se trata? ¿Cuáles son las condiciones literarias –y también culturales, históricas y sociales– para que un escritor latinoamericano como Borges pase a formar parte de “la literatura universal”, o de un canon occidental que abarca un siglo?

O también: la innovación de Borges, su diferencia, ¿se debería, como la de Joyce, a que se sitúa en un margen, una periferia de un imperio, para mostrar el carácter potencialmente innovador de esa posición, la libertad de proliferaciones y de mezclas que permite, junto con el consumo canibalístico de la literatura occidental?

Pero no es esta pregunta la que me interesa directamente ahora, no me interesa marcar hoy el carácter latinoamericano de Borges, que lo ligaría y opondría a Octavio Paz o a García Márquez, por ejemplo. Ni tampoco su carácter periférico del imperio, que lo ligaría y opondría a Joyce o a Kafka. Ni tampoco me interesa hoy su bilingüismo periférico, que lo ligaría y opondría a Beckett y a Nabokov.

Mi pregunta hoy es desde dónde se podría leer a Borges desde adentro, desde la nación, desde la Argentina (y también desde el mismo Borges), porque se pregunta cómo salir de él.

Los argentinos lo leemos desde adentro, en la literatura argentina, como casi todos leen la literatura nacional en la Argentina, sin pensarlo como latinoamericano, como se pensaría quizás desde Estados Unidos. Nos quedamos con Borges como nuestro producto literario argentino de exportación del siglo xx, el escritor nacional contemporáneo que se universalizó.

Borges nos representa y nos unifica a todos los argentinos en el mundo, junto con Gardel, Eva Perón, Maradona y el Che Guevara, que exportó lo inexistente: nuestra revolución social. Y la serie de íconos argentinos del siglo xx parece articulada con algo popular y algo que tiene que ver con la cultura de masas, o con las masas. Porque Borges también cultivó ese elemento popular que, para él, era el gaucho o el compadrito y escribió milongas; para él lo popular se situaba en el pasado y era lo nacional-popular literario, las masas de la literatura gauchesca y las del barrio de Carriego.

En 1940, Borges podría estar al lado de Eva Perón pero en el polo opuesto del equipo nacional exportable por su representación opuesta de las masas. Para Eva Perón las masas peronistas eran sus “queridos grasitas”, para Borges son una horda asesina de un judío en “La fiesta del monstruo” (escrita en alianza con Bioy Casares en 1947), que es una reescritura de “La refalosa” de Hilario Ascasubi, y por lo tanto una reescritura de la construcción literaria de la lengua del mal, del suelo más bajo de la lengua. (¿Será esa representación de las masas argentinas lo que exportamos, lo que nos define como nación en el campo de la literatura, la cultura y la política en el siglo xx?)

Pero si dejamos de lado lo popular o las masas de los años cuarenta y cincuenta, Borges también podría estar al lado de una figura como la de Bernardo Houssay, premio Nobel de química de 1947, como los dos representantes de la alta cultura, de nuestra ciencia y nuestra literatura en el campo internacional (y no de César Milstein, premio Nobel 1986, que trabaja en Inglaterra). La ciencia nacional, la literatura nacional, la política nacional, el tango nacional, el fútbol nacional: cada uno de estos productos nacionales que se globalizaron en el siglo xx señala un momento de nuestra historia y nuestra cultura, y también señala los diferentes niveles de nuestra cultura.

Para Borges, entonces, si se lo lee desde la nación (desde la historia de la nación), la literatura argentina y la alta cultura argentina en un tiempo preciso: entre los años veinte o treinta y los años sesenta. Y es posible que sea eso lo que nos representa como producto de exportación, ese momento literario, cultural, político, preciso. Por eso creo que el primer paso para ir saliendo de Borges hoy es sacarlo del presente de las celebraciones oficiales y pensarlo histórica o arqueológica o genealógicamente, como uno de los puntos supremos de una tradición cultural y literaria nacional, entre los años veinte y sesenta. Borges realiza la utopía de la cultura “alta” de 1880 en 1940 y 1950, que es cuando alcanza su punto literario más alto y cuando se lo ataca como antipopular.

Mi hipótesis es que Borges se encuentra en la intersección de una serie de historias culturales nacionales que llevaría a su culminación; estas historias estarían ligadas entre sí y su literatura las pondría en intersección o escribiría esa intersección. Y esa intersección implica también la historia de la canonización de Borges. El punto culminante de todas estas historias (y el punto culminante de la literatura de Borges) sería a la vez un punto crítico, el momento de “el fin” y “el imperio”. También podría decir: la literatura de Borges implica una serie de historias culturales que, con él, llegan a una fusión y a un punto crítico […].

El lugar de lectura que pienso para salir de Borges sería el lugar de la literatura de Borges donde se ve la fusión de esas historias culturales, el lugar donde cada una de ellas llega a un punto crítico. Y esto, con la premisa básica para leer a Borges: es el escritor que nos escribe la cultura como otra realidad.

Editorial: 

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