María Teresa Andruetto: “Hay que corregir, revisar, pero no ahogar el poema”

Por Daniel Mecca (@danielmecca)

Una entrevista con la poeta, cuentista y novelista María Teresa Andruetto, ganadora del premio Hans Christian Andersen, sobre el oficio del poeta, la construcción del estilo, el proceso de creación, la venta y circulación de poesía y el uso de las redes sociales.

—¿Cómo es tu proceso de escritura de poesía? ¿Tenés alguna rutina práctica para escribir? 

—Mi proceso de escritura de poesía es bastante imprevisible. Es algo que aparece como un impulso o una pequeña revelación en relación a algo cotidiano, acerca de lo que veo: una foto, una palabra, un recuerdo…. No tengo ninguna rutina y menos para poesía. Para lo único que tengo rutina de escritura es para conferencias, para ese tipo de cosas. Todo lo demás se va haciendo impulsado por el deseo; en algunos momentos más laborioso y en otros más azaroso. En el caso de la poesía es siempre muy azaroso. Es un impulso que provoca un pequeño borrador.

—¿Iniciás la corrección inmediatamente luego de terminado el poema?

—No siempre corrijo en el momento. A veces puede quedar mucho tiempo ahí, mucho mucho, para volver a tocarlo. Lo más importante es que esté eso primero, esa conmoción, esa percepción. Después lo demás sería trabajo y se puede pulir, aunque en el trabajo y en el pulido siempre se corre el riesgo de asfixiar lo que uno ha sentido. Eso siempre me preocupa mucho: corregir, revisar, pero no ahogar, saber detenerse a tiempo. No siempre uno sabe cuándo es el tiempo de detenerse en la corrección. Me ha pasado mucho de arruinar borradores, intentar reconstruirlos y a veces sale mal, es fallido. Como dice Rodolfo Godino: nace sin brazos o sin piernas.

—¿Hay espacios que te “inspiren” más para crear poesía?

—No sé si hay espacios que me inspiren más. Más que espacios, tiempo: un tiempo más de reposo, un tiempo sin hacer otras cosas, sin demandas de otras cosas, que hacen que uno esté más perceptivo y receptivo.

—A propósito de la escritura y la corrección, ¿solés leer el poema -tu poema- en voz alta para trabajarlo?

—Sí, infinitamente, infinitas veces. Leo, reviso, me interesa mucho cómo suena. Lo dejo, lo vuelvo a ver, lo vuelvo a oír de mi boca muchas veces. Me parece fundamental. El trabajo de correción más fino se hace al oído, prestándole oído a lo que se ha escrito, a ver cómo suena. La música de la lengua.

¿Qué poetas te han formado durante la época en que ibas constituyendo tu estilo? ¿Cómo creés que se forja el estilo en un poeta? ¿Es trabajo, tiempo, lecturas, todas las cosas a la vez?

—El estilo es algo que está en construcción. En mi caso, siento que algo se consolidó, se abrochó, en torno a la escritura de Kodak, que fue en los años noventa. Es un libro de poemas que escribí a lo largo de 10 años. En el medio escribí muchas otras cosas como narrativa, cuentos, novela… Aquellos poemas están relacionados con el duelo de la muerte de mi hermana y de mi padre. ¿Cómo hablar de eso sin hablar del duelo directamente? ¿Cómo flotar la memoria de ellos en ese puñadito de poemas? Y ahí siento que algo cuajó. Y ‘ese algo’ paralemente lo sentí en la narrativa porque, a la vez, escribía mi novela Stéfano, después La mujer en cuestión y algunos cuentos de Cacería.

Siento que mi estilo está alimentado de tres vertientes: por un lado una literatura de lo pequeño, de lo mínimo, de lo íntimo, que está ligado a la escritura de las mujeres, o a (Manuel) Puig, tanto en la poesía como en la narrativa. Es decir, las cuestiones de casa adentro, ínfimas, de la vida en la llanura, en los pueblos. Por otra parte, tengo una tendencia al melodrama, a los grandes dramas como una emotividad muy potente, que sé que debo regularla para que se mesure.

Entonces hay una conjunción entre eso: entre la poesía neorromántica y el melodrama, sumado al objetivismo que me permitió regular el melodrama, enfriarlo un poco; en otras palabras, esa cuestión más cerebral, más racional, más fría del objetivismo cargarla de emotividad con lo que yo traía del melodrama. Y una última cosa que es lo conversacional, las hablas, que están en la poesía social de los años sesenta y están en la literatura de los escritores de la generación post-Borges, de los escritores que son de provincias. Hablo de (Daniel) Moyano, de (Antonio) Di Benedetto, de (Libertad) Demitrópulos, Sara Gallardo, Andrés Rivera, Juan José Hernández. Esa mezcla de lo oral, a veces lo oral del noroeste -(Héctor) Tizón por ejemplo- y cierta literatura hispanoamericana, también confluyendo ahí el sonido de las voces, de la oralidad. También los poetas populares del tango, del folclore, que me encantan, que los conozco mucho.

En mi poesía está el mundo de lo íntimo, lo íntimo en contraposición también con lo político. Lo político aparece poco en mi poesía. Lo político en el sentido de lo público que va más a mi narrativa.

El estilo de un poeta es trabajo, paso del tiempo, lecturas. Todo aquello es muy importante, pero asientan sobre algo primero, muy primario, en esa percepción del mundo que, en mi caso, es el melodrama. Todo lo que he hecho después ha sido expandir, regular, controlar. Modelar eso. Hay siempre una tensión entre el impulso y el trabajo, el oficio. Entre el espíritu de cada quién y el ánimo. (Ricardo) Piglia decía que hay que aprender a poner un poco de orden en las pasiones para escribir.

—¿Qué lugar creés que tiene la poesía en Argentina? ¿Considerás que ha quedado en un margen respecto a géneros como la novela o el cuento? 

— Creo que la poesía en Argentina tiene un lugar muy importante de difusión y ha crecido la compra de libros de poesía. Me refiero a los lectores de libros de poesía que van a la librería a buscar libros de poesía. Creo que todo eso se ha desarrollado porque hay muchas pequeñas editoriales de alta calidad.

Por supuesto hay de todo en la escritura de poesía. La mayor labor de un lector en estos tiempos es seleccionar sobre la oferta enorme. No creo tanto que ‘la poesía no se vende’. Esa frase que hemos dicho muchas veces, que en un tiempo fue verdad. Hoy me parece que sí. Por supuesto son ediciones más chicas. Estamos hablando de ediciones de poesía que van en general de 300 a 1.000 ejemplares. Pero sí, tiene una circulación interesante. Yo recibo muchos libros de regalo, pero también compro bastantes libros de poesía. 

—Las redes sociales pareciera que hicieron proliferar poemas por todos lados. Da la impresión, por un lado, que las redes son más amables para la publicación de poesía (por el formato) frente a otros géneros como la novela, pero a la vez este acceso -democratizante en tanto es dificil publicar poesía en tiempos de crisis económica- muchas veces se traduce en poesía sin corrección, aforística, casi prosa con enter. ¿Cómo ves la poesía respecto a las redes sociales?

—Sí es verdad que las redes facilitan las cosas dado el formato, porque no es lo mismo un cuento o novela por la extensión. Yo descubro mucha poesía interesante en las redes. Lo que no me interesa es la poesía sin corrección, aforística, la cosa escrita así al momento. Lo que me interesa en las redes es encontrar poetas que tienen una poesía ya trabajada, decantada; a veces es inédita, pero muchas veces pertenece a determinado libro. A veces la comparte el mismo poeta y las más de las veces se accede cuando uno puede ir a un blog de poesía, un espacio de poesía que ya conoce, por recomendado, por respetado, como si fuera a una editorial. Y encuentra ahí poemas y poetas que le gustan. Podría nombrar desde Palabras de Poeta, de Córdoba; Otra iglesia es imposible de Jorge Aulicino; Abisinia review; el sitio de Irene Gruss, Responsabilidad Limitada; el blog Emma Gunst de poesía de mujeres; la revista Hablar de poesía; Op cit. también es un espacio muy bueno. A mí me permiten leer poetas que de otro modo no encontraría. Muchas veces, a partir de ahí, compro ciertos libros.

Sigo la obra de ciertos poetas varones o mujeres, los sigo porque me gustan. Estoy muy atenta a lo que sale; en otros casos descubro poetas nuevos de nuevas generaciones. También recibo muchos libros de regalo que me envían por correo y es un privilegio.

— ¿Cómo ves la tradición de enseñanza de poesía (talleres) en el país? Vos diste talleres muchos años: ¿trabajabas con algún método en particular?

— Los talleres tanto de narrativa como de poesía son muy interesantes, lo mismo que las supervisiones de escritura, lo que hoy llaman ‘clínicas’, corrección de libros ya armados o producción ya hecha. Todo eso me parece muy importante. He dado muchos años talleres, más de 30 años; he tenido varios grupos semanales, algunos para escribir, otros para revisar lo escrito y otros revisando obras para publicar. Fue una experiencia muy rica y hay gente que pasó por ahí y publicó o siguió teniendo un desarrollo importante en la poesía. Ahí se aprenden muchas cosas, pero no se fabrica un poeta. ¿Qué es lo que se aprende? Si el taller es bueno, el coordinador ayuda al coordinado a encontrar su propia voz, de manera de no escribir como el coordinador o como otro, sino a trabajar algo de la singularidad. Tal vez la voz está ahí y ayuda a verla, a enriquecerla. Se aprenden muchas cuestiones del oficio: si algo suena bien, si se comprende, si está lo suficientemente condensado; se aprende a leer a otros poetas, a encontrar poetas hermanos o en una línea de afinidad con la propia búsqueda de escritura. Todo eso se aprende en un taller y es mucho. Todo lo que tiene que ver con el oficio, con la búsqueda, con el descubrimiento de uno mismo y qué es lo que uno está buscando hacer o decir.

Todo eso no asienta sobre la nada, sino sobre algo previo que cada uno trae que no sé definirlo… es un núcleo de sensibilidad, de valoración de la palabra, algo en el oído y en el alma. Tal vez algo así como una herida sobre la que se construye toda escritura. Una herida a veces pequeña, pero que da cierto grado de melancolía a la vida y que pide palabras para eso. Luego todo lo que uno aprende es para cuidar mejor eso, para explorarlo.

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