No dejes que la verdad te arruine un buen poema

Por Daniel Mecca // @danielmecca //

Dar talleres de poesía es un desafío. Ok, sí, está bien, dar clases de cualquier cosa es un desafío. Pero acá se ponen en juego sutilezas, preguntas: “¿todo lo que se escribe es poesía? ¿Qué es poesía? ¿Desde qué lugar me corregís? ¿Narrar el poema o ser más breve? ¿Pero por qué -ponele- sugerís cambiar la palabra “noche” por “día” si lo que estoy contando en el poema sucedió a la noche?”.

Cosas así. Todas preguntas, naturalmente, muy importantes y que hacen al oficio. En primer lugar hay que salir de cualquier respuesta snob, agigantada, descalificatoria de esas dudas. Cuatro palabras: nadie sabe un carajo. Es decir, sí, obvio, hay algunas respuestas a esas preguntas, sugerencias, direcciones, pero no tienen propiedades fijas, sino que son el resultado de experiencias, lecturas, correcciones, amores, penas, mambos, trabajo. Es que sí, escribir poesía es trabajar la palabra como el carpintero conoce la madera o el nadador la distancia de la pared bajo el agua. Lxs poetas son trabajadores de la palabra, ninguna inspiración divina.

Hacer poesía es dudar. Y está bien. No hay sobreactuar el poema ni el poeta. Hay que escribir sin desesperación pero sin calma. Y nunca creerse mil, oh soy Rimbaud, véanme. Lo lamento: no hay originalidad. Somos Pierre menards hermosos, potenciados y dañados que quieren decir algo. Ah, y como me dijo una vez un maestro: no dejes que la verdad te arruine un buen poema.

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