Seis años de la muerte de Pedro Lemebel, la yegua del apocalipsis

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Por Daniel Mecca // @danielmecca // 

Hace seis años moría Pedro Lemebel, la yegua del apocalipsis. Tenía 62 años cuando el 23 de enero de 2015 un cáncer de laringe le llevó la vida, pero no la voz. El escritor chileno sacudió la moral pública. La dinamitó. Su cuerpo y su literatura -con su pulso beatnik- irrumpieron como un latido subversivo, marica, marginal.

Porque así se definía: una roja y una marica. No «un». «Una», femenino. Se decía «escritor, artista visual, drogadicto, homosexual, traficante». Y seguía: «Pa’ puta no me dio, pero he hecho de todo». Lemebel retrató el under de la sociedad chilena. Retrató los bajos fondos donde el barro se subleva. Combinó la ternura, la dureza, la irreverencia.

Fue poeta, un gran cronista, un performer. Nació como Pedro Mardones Lemebel, pero decidió usar el apellido de la madre como un gesto de definición hacia lo femenino. Hizo cuerpo sus definiciones de vida. 

Creció en un barrio pobre, en el barro, en el Zanjón de la Aguada, a orillas del canal que atraviesa Santiago de Chile. Esa pobreza y marginalidad verbalizaron su obra. Estudió Artes Plásticas durante la dictadura de Pinochet. Lo echaron por ser homosexual de dos liceos en los cuales trabajó. Por esa condición no aceptada tuvo una posición crítica con el Partido Comunista de Chile, donde llegó a militar.

En 1986, en medio de la resistencia a la dictadura, en un encuentro clandestino de izquierda, Lemebel leyó por primera vez «Hablo por mi diferencia». Llevaba tacos altos y la hoz y el martillo pintados en la cara. Allí dijo: «no voy a cambiar por el marxismo, que me rechazó tantas veces. Soy más subversivo que usted».

Su obra se convirtió en un manifiesto de la comunidad gay.

Escribió: «Aquí está mi cara. Hablo por mi diferencia. Defiendo lo que soy». Escribió: «¿No habrá un maricón en alguna esquina / desequilibrando el futuro de su hombre nuevo / ¿Van a dejarnos bordar de pájaros / las banderas de la patria libre?». Escribió: «Usted cree que pienso con el poto / Y que al primer parrillazo de la CNI lo iba a soltar todo (…). Mi hombría no la recibí del partido. Mi hombría la aprendí participando / en la dura de esos años / Mi hombría fue la mordaza». Escribió: «Sospecho de esta cueca democrática».

Escribió: «Hay tantos niños que van a nacer / con una alita rota / y yo quiero que vuelen compañeros / Que su revolución / les dé un pedazo de cielo rojo / para que puedan volar».

Un año después, en diciembre de 1987, Lemebel formó, junto a su compañero Francisco Casas, el colectivo artístico «Yeguas del apocalipsis». Fue una bandera de lucha frente a la violación de los derechos humanos y el Sida. Hacían performances sobre la identidad sexual. «Eran una crítica profunda desde el cuerpo homosexual hacia la dictadura militar», dijo un amigo suyo.

En 1995 publicó su primer libro La esquina es mi corazón. Le siguieron, entre otros, De perlas y cicatrices, Loco afán, Adiós mariquita linda, Háblame de amores, Tengo miedo torero. Su obra trascendió las fronteras de la mano del gran escritor chileno Roberto Bolaño, quien llegó a decir sobre Lemebel: «Es el más imaginativo, el más provocativo, el más valiente».

El 31 de diciembre de 2014, en su muro de Facebook, Lemebel dejó su adiós: «Siempre estaré con ustedes, con quien merece estarlo, por supuesto. Viví en este país hermoso que tanto amé con Gladys, con mi madre, con Sergio Parra, con la izquierda dura, que nunca se doblegó. El reloj sigue girando hacia un florido y cálido futuro. No alcancé a escribir todo lo que quisiera haber escrito, pero se imaginarán, lectores míos, qué cosas faltaron, qué escupos, qué besos, qué canciones no pude cantar. El maldito cáncer me robó la voz (aunque tampoco era tan afinado que digamos). Los beso a todos, a quienes compartieron conmigo en alguna turbia noche. Nos vemos, donde sea».

Lemebel, aquel que decía «Tengo cicatrices de risas en la espalda», no dejó de marchar, de putear a la derecha, de cantar «La Internacional». Nos queda eso que imaginó una vez: «Tal vez sólo un lugar digno, donde podamos respirar libertad, justicia y oportunidades sin besarle el culo a nadie».

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