Vos, yo y todos los demás: un perfil sobre Miranda July

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Por Antonella Saldicco // @antosaldicco // 

Un día mi madre despierta de un sueño y sabe que no cabe más en su nombre, o que su nombre no le cabe más. Entonces elige otro, no como un acto de expresión artística si no como un desplazamiento. Algo así experimenta Miranda July, nombrada Miranda Jennifer Grossinger en su nacimiento. Y ese podría ser el comienzo de todo.

Los multinombres como las multidisciplinas en su vida. Miranda directora, Miranda actriz, Miranda cineasta, Miranda música. Aunque de todo se apropia, pareciera ser la fisura aquello que la conduce. Un nombre da lugar a otro nombre, ella misma asegura que en cada proyecto lo que se le esclarece es lo próximo. Miranda siempre habita el futuro. 

De todas las imágenes que reproduzco, hay una en particular. Miranda baila en la mitad del living de un departamento. Es una coreografía a tientas, con ojos cerrados. Y aunque podría describir el color azul que descansa debajo de sus pestañas, lo que me obsesiona es la expresión de su cara: pareciera estar soñando. Baila plácida, como si dispusiera del tiempo entero, los empeines se le tuercen en el aire y me regala una flor, un rayo. Veo todo lo que Miranda ve detrás de sus párpados caídos. 

Por la noche le doy play al reproductor y proyecto sobre las oscuridades de mi habitación uno de sus largometrajes, Me and you and everyone we know. Es un beso ácido. Lloro por cosas que no puedo explicar y me río por la torpeza del carácter de sus personajes, por la extrañeza. En varias escenas del film, un niño pequeño conversa con una mujer adulta en un chat erótico. Sin que la mujer sepa que es un infante mantienen conversaciones de alto voltaje. El niño dibuja en un teclado, con símbolos de texto, dos cachetes de culo que intercambian excremento. ))<>((.  Escribe a modo de declaración de amor: “Quiero que nos hagamos caca, de ida y de vuelta. Juntos. Para siempre”. 

Miranda logra que me enamore de un niño de cinco años. También confunde a su personaje, una mujer adulta, directora de una galería de arte, que tiene una cita a ciegas con el mismo niño e incluso considera besarlo brevemente, sobre los labios. Sus personajes están siempre en ese umbral perturbador, entre tener mucho poder, o ningún poder en absoluto. 

Crédito: Elizabeth Weinberg
Crédito: Elizabeth Weinberg

En una entrevista, Miranda admite que su trabajo es una forma de construir un espacio para ella misma, para poder monitorearse, o sentirse segura, un lugar de definición. También celebra haber pospuesto la maternidad hasta que tuvo una vida laboral difícil de borrar. Porque a veces, una cree, dice, que la maternidad puede llevarse puesto todo. Entonces pienso en Miranda de una forma en la que no había pensado aún. Miranda mujer, Miranda madre. Y quisiera acostarme sobre su pecho y contarle todos mis temores, todas mis pesadillas. 

Después recuerdo que —dicho por ella misma— a veces, cuando escribe, es apenas humana. Entonces no se la puede mirar ni hablar. En ese caso, imagino, la espiaría. Intentando dar con la imagen de sus dedos. Verla golpear sobre el teclado, fragmentos de los cuentos de Miranda que comparto con mis alumnas y alumnos, en las clases de inglés. En uno, por ejemplo, una mujer joven comparte su experiencia menstrual con su pareja e hijo. Una mañana de domingo, el hombre y el varón se acomodan con cuidado alrededor de su cuerpo, sobre la cama. Alrededor de los manchones de sangre que conforman dibujos sobre las sábanas, las manchas de sangre fresca y sangre seca. Sobre la excitación del niño y el hombre por descubrir los rastros de menstruación Miranda escribe: “Son como los renacuajos que se convierten en ranas o la luna que los sigue a donde sea que vayan”. Incluso el aspecto más poético de su escritura está puesto en función de la realidad. 

No soy la única que cae bajo sus encantos. Actrices y actores admiten haber experimentado cierta conexión mística con la directora antes de recibir su llamado. Sincronicidades del tipo: “Estaba escuchando por primera vez uno de sus audiolibros, cuando recibí un llamado de mi amiga Lena Dunham para contarme que Miranda July le había pedido mi contacto”; “Le dije, dale mi número de teléfono, dale mi dirección, dale todo”, cuenta Gina Rodríguez, una de las actrices del último largometraje dirigido por July. Por otro lado, describe la personalidad de la directora durante el rodaje como una persona mágica, tan exigente como mística. 

Captura del largometraje Me and you and everyone we know
Captura del largometraje Me and you and everyone we know

Cada anécdota que leo sobre la experiencia en el set junto a Miranda directora me hace sentir un paso más cerca de ella, incluso siendo consciente de mi lugar en el mapa. Miranda responde mensajes en redes sociales y hasta dirigió un proyecto de largometraje durante la cuarentena, con performers alrededor del mundo entero. Desde la computadora de su casa, en Estados Unidos, su país de origen, su base. 

También hizo una breve aparición en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Del otro lado de la pantalla de mi computadora con los rulos cayéndole sobre la frente, y los anteojos de marco metálico decorándole la caraMiranda cuenta, entre muchas otras cosas, que una novia recientemente la dejó. Esos son los momentos en los que en mi corazón la pantalla se quiebra en miles de pedazos, y Miranda se acerca tanto que puedo escucharla conversar a mi lado. Si cierro los ojos puedo escuchar su voz aguda y quebrada. Es la voz que conduce en mi cabeza a todos los personajes de ficción de su literatura, y a su sensibilidad infantil pero para nada ingenua. 

Miranda se tuerce y se contorsiona. Pone a la obra cinematográfica en baile con la performance, recrea series realizadas por ella misma años antes. Aunque multidisciplinaria, dice no tener un vínculo estrecho con la fotografía. En cambio, yo la veo moverse entre décadas, con una pequeña máquina de rollo en la mano izquierda, los dedos largos acarician suave el gatillo disparador. Toma retratos del panorama cinematográfico del momento, los noventas. Hollywood dándole la espalda, Hollywood siempre dándole la espalda a la vida de las mujeres. Miranda y yo lo sabemos muy bien, no importa, Miranda abre el diálogo entre chicas. Construye espejos que reflejan lo que podemos ser, pero no necesariamente lo que deseamos ver. Los cuerpos de las mujeres, las expectativas sociales. Miranda me da un beso en la frente y me tranquiliza. 

The future, de Miranda July
The future, de Miranda July

Miranda no tiene miedo a morir, por eso se entrega en pedazos. Como diciendo: no te preocupes, hay tiempo. Y aunque multifacética su obra pareciera tener el mismo tinte, ella misma, de a momentos autobiográfica. Con su sentido del humor, es ella misma, casi siempre, su primera víctima.   

Tímida y delicada, abre los primeros planos del largometraje Me and you and everyone we know con la presencia de un pájaro sobre una rama, a punto de volar. Sobre esto Miranda dice: “Ese plano es el primero que filmé, mi estreno como directora. Siempre, en todos mis trabajos artísticos, propongo que el espectador viaje conmigo a sensaciones poco convencionales, a una parte de ellos mismos que quizá todavía no han explorado. Uno de los principales motivos de mi trabajo es la creencia en uno mismo como motor de su vida, en la autoconfianza para hacer todo aquello que nos da miedo. Richard (John Hawkes) se encuentra en un momento de confianza cero, no siente que pueda ser un buen padre, ni un buen amante, ni un profesional competente… el pájaro a punto de volar, en cierto modo, le permite no darse del todo por vencido. Cuando uno tiene miedo, debe invitar ese temor a convivir con uno mismo”. 

Miranda alcanza la sensibilidad ajena. Los espectadores de festivales internacionales como Sundance y Cannes son sometidos a un viaje ensoñado, ácido y tierno. Sus películas parecieran proceder de un corazón joven, con anhelos pequeños, que se pregunta cómo la magia intervendrá la vida, el futuro. Con personajes atormentados y temerosos que conservan la fantasía, la esperanza. 

Los niños de sus películas actúan como adultos y los adultos actúan un poco como niños. La infancia como terreno de la creatividad y, a la vez, de la sordidez. Imagino a Miranda infante, ocupándose de ella misma porque su madre y padre están ocupados en otras cosas. Algo de Miranda en todos sus personajes. La invitación a contemplar lo duro que resulta madurar. Miranda me dice al oído: nunca es tarde para encontrar una mirada, una voz, para mostrarse con seguridad y sin dudas. Cualquier momento es idóneo para aprender.

Miranda sabe que todo se toca. Sus películas retoman la poética de su literatura y abordan siempre la soledad más íntima, la más humana. No con melancolía. El mero hecho de existir en este mundo, de saberse en la vida. Sus personajes parecieran tantas veces estar condenados al fracaso, a la apatía. De repente, algo ocurre. Una sala de cine llena empieza a reírse. La cotidianeidad y un poco de existencialismo les gana. Se ancla la fibra narrativa y los diálogos se disparan a través de la pantalla como si no le correspondieran a la cinta. Podrían estar sueltos en cualquiera de sus libros. Un personaje le dice a otro: “Nadie se merece vivir con dolor de pies”; “Crucé el vestíbulo para llegar a la calle. El sol me cegó. Pasaba gente pensando en bocadillos o en haber sido incomprendidos”. Miranda reproduce sus películas como si me leyera uno de sus libros. Pero los diálogos tampoco quedan prendidos únicamente al papel. 

Miranda usa y mal usa la tecnología, se declara una adicta de Instagram, no una estrella, solo me distraigo, dice, como todo el mundo. Y con la misma intensidad con la que hace uso de la herramienta, baila con un pantalón de segunda mano, vintage, en su cocina. Las piernas se estiran desde el borde de la mesada al piso, repiten una coreografía casera que quiebra los límites de la pantalla. Miranda baila en mi casa, en la suya, en la de todos. Y por último, dice, “tengo un irrefrenable deseo de expresar lo que siento. El medio es algo secundario”.

Crédito: AP
Crédito: AP

Fuera de la ficción, Miranda se mueve en Uber. Le gusta conversar con los conductores y las conductoras en el camino de vuelta a su casa. Durante el verano de 2015, Miranda se sube al auto de un inmigrante africano. Oumarou Idrissa, el conductor, vive en los Estados Unidos durante mucho tiempo de manera ilegal; en sus años más difíciles duerme en la calle. Convencido de que los agentes de inmigración lo buscan para reportarlo y devolverlo a Níger, su país de origen, Oumarou no logra dormir más de dos horas de corrido y solo cuatro horas por noche. Incluso al día de hoy, aunque el conductor ya es un estadounidense legal, con su tarjeta verde y su número de tarjeta social. Miranda propone que comparta su experiencia de insomnio en tiempo real. I’m the president, baby!, fue una exhibición llevada a cabo por Miranda y Oumarou.

En el museo Albert, en Londres, Miranda instala cuatro cortinas de terciopelo. Detrás de cada uno de los jirones de tela, que caen pesados como las pestañas de Miranda cuando duerme, una aplicación controla el sueño, controla los párpados abiertos de Oumarou, las horas que usa su teléfono. La aplicación de Whatsapp para comunicarse con sus amigos y familiares en África, los minutos en la aplicación de Instagram, en la de Uber, etc. Cuando la cortina azul está completamente cerrada, Oumarou duerme en su colchón de dos plazas, en el piso de su monoambiente en Los Ángeles. Sueña que alguien, por ejemplo, lo empuja al borde de unas escaleras. Otras veces tiene sueños plácidos, conversa con su madre en Níger, sobre cosas ordinarias. Los sueños de Miranda no los conozco. No los cuenta. 

Japón la invita. En la performance The hallway, Miranda construye el segundo pronombre singular como una guía. Cincuenta carteles de madera con frases escritas con pintura, un camino a seguir. Miranda propone que los espectadores atraviesen el pasillo, como si atravesaran la vida. Un pasillo lleno de decepción, aburrimiento, alegría e indecisión. “Es demasiado tarde para regresar ahora, pero el final parece estar lejos”; “Las décadas pasan”; “Comida”; “Algunos días te despertás sintiéndote muy bien, llena de libertad y posibilidades. Pero hace mucho que no tenés un día así.”; “Te das vuelta para decirle algo a tus amigos, pero ya no están detrás tuyo”. 

Podría ser un coqueteo con la autoayuda, un guiño, Miranda lo sabe muy bien. Y se burla de ella misma. También sabe que este es el momento en el que muchos y muchas se preguntan cuál es su lugar en el campo cultural, o ¿por qué amamos y odiamos lo hipster?

New Society fue una de sus obras durante 2015. La sala es pequeña y no todas las butacas están completas. Veo la filmación de la obra intervenida por comentarios de Miranda sobre el proceso creativo. Mientras tanto, me distraigo pensando en ese momento previo a hacer función. Cuando alguien de la producción cuenta la cantidad de espectadores, luego se acerca al camarín y conversa con el director o la directora. Ese momento espantoso, cargado de incertidumbre. Ese momento en el que las actrices y los actores ya estamos cambiados, transitando hacia nuestros personajes, esperando una oportunidad. La oportunidad de una sala ocupada. Miranda no parece afectada, no parece contar espectadores.

En el video de New Society, proyecta la voz a través de la sala como si el teatro estuviera absolutamente lleno. Le pide a los espectadores y a las espectadoras que griten “Yes” en caso de querer pasar toda la vida con ella dentro de esa sala oscura. El público responde con rapidez, todos y todas dicen querer. Entonces Miranda levanta unas pancartas. Formarán una nueva sociedad.  Se vota, se crea una nueva constitución, y luego el tiempo pasa. Pasa un año, pasan cinco, pasan veinte. Nace un bebé. El bebé crece y luego cumple diecinueve años y muere. Miranda tiene un romance con una espectadora del público. Miranda se va. La pieza funciona casi como una película. Tiene momentos de vida, de muerte, de romance, de sexo. Y el tiempo pasa, y se vuelve cada vez más triste y más triste.

Lo que les ocurre es humano y pesado. Miranda se olvida los textos, y nombra esta experiencia como un infierno, tanto para ella como para los espectadores, que previamente no tenían idea a lo que se sometían. La experiencia de la catástrofe. Y después de haber vivido esa catástrofe, una nueva sociedad realmente se forma. Mientras Miranda afirma eso mirando al costado de una cámara, los ojos se le humedecen, como si estuviera reviviendo algo de la experiencia. Ir y volver del infierno, dice, crea una base de todo lo que vendrá después. También cuenta que ensayó la pieza durante años, sin saber con exactitud cómo iba a reaccionar el público. Un público virgen al que se enfrentará en un futuro, un futuro en el que la obra se estrene. Miranda se pregunta: ¿Cómo sonará si le pido a alguien, a un no actor, que lea un fragmento de texto? ¿Qué herramientas de dirección utilizar para dirigir? Entonces les acerca un papel con el pedido, o les susurra algo al oído. Cosas como: “Estamos juntos en esto”. Incluso admite haberse olvidado en alguna ocasión de decir sus textos por lo conmovida que se sintió viendo cómo el público generaba escenas inesperadas. Un beso que duraba más de la cuenta.

Miranda dice que le resulta muy difícil recordar que está actuando cuando se sienta en las butacas y se convierte en espectadora de su propia creación. Pero más le cuesta encontrar el cierre, que el público se vaya habiendo sentido que realmente pasaron veinte años ahí. Que emocionalmente se vayan con otra perspectiva de la sala. Todo se rompe, todo se rompe, dice. Y agrega: “No soy una pensadora utópica. Lo que me interesa de un grupo de extraños, es justamente lo difícil que es que conecten. Lo mal que lo hacemos. Pero lo hacemos con nuestras particularidades, y eso es tan humano que no necesita una solución. No es la meta. Solo me interesa encontrar un espacio, para seguir intentándolo. Y así está bien”. Así está bien. 

En sus performance el micrófono siempre está abierto. Dejando un espacio vacante para que las espectadoras y los espectadores puedan quebrar el límite de la ficción. Aventurarse a estar en el centro de la escena, aunque esto no esté previamente pautado. Como si Miranda en el fondo siempre estuviera lista para dirigir.

En la obra performática Things we don`t understand and are definitely not going to talk about, se le pedía a una pareja real del público que hiciera el papel de una pareja en la ficción de una película que se filmaba en el teatro. Hay una simetría entre ella y sus seguidores. Una forma de participación. La experimentación, lo documental, y el cruce de lenguajes. Estas experiencias le dieron estructura y funcionaron como un motor creativo. Algunos no actores luego fueron parte de un libro de textos y fotos It chooses you. El diálogo es permanente. Muchas se le parecen, incluso usan vestimentas similares, vestidos largos hasta la rodilla y telas vintage. Siempre un poco naif.

Miranda sonríe, como si se preguntara qué significa ser hipster, o qué significa ser una artista contemporánea. Una asistente va tomando notas de los nombres de la gente en el lugar para que Miranda pueda firmar los ejemplares de sus libros, al final del espectáculo, sin tener que repetir siempre la misma pregunta: ¿cuál es tu nombre? Como si de identidades se tratara. Algo que imagino no tiene ninguna importancia para ella, que eligió moverse entre nombres para poder elegir uno de cómic. Sentirse en un cómic. Quizás Miranda haya logrado eso, quitarse importancia. 

Quitarse.

 

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