Zazie en el metro: cómo hacer cosas con palabras

Zazie en el metro

Por Martina Nudelman // @marti.nudelman // 

“Hablás, hablás. Es lo único que sabés hacer”. 

En Zazie en el metro (Ediciones Godot) —novela experimental publicada originalmente en 1959— su autor, Raymond Queaneau, juega con las palabras, un mismo personaje aparece con distintas identidades, la historia salta contextos, los monumentos de París se confunden. 

Sin embargo, hay una línea que no cambia. Un loro repite a lo largo de la novela la clave para entenderla: “Hablás, hablás. Es lo único que sabés hacer”.      

La novela cuenta la historia de Zazie, una niña cuya edad nunca entendemos, que visita a su tío Gabriel en París, un hombre que se dedica a bailar por las noches, bajo la identidad de la exótica Gabriella, y que debe aprender a cuidarla en dos días. 

De París, Zazie solo quiere ver el metro y es lo único que no conoce. Sus trabajadores están en huelga y ella, desde su visión infantil, lo siente como algo personal: “M’importa un pito. No deja de pasarme a mí, yo que estaba tan feliz, tan contenta y todo de ir a transportarme en metro. Mecachendié, mierda”. Zazie aparece definida desde un principio — ¿y quién no? — por su lenguaje, cargado de lo que las personas que la conocen definen como “cochinadas”

En 1962, el filósofo británico John Langshaw Austin publica Cómo hacer cosas con palabras, libro que resume una serie de conferencias dadas en 1955 en Harvard. En él aparece una pregunta: ¿qué hacemos con las palabras?

Cómo hacer cosas con palabras (Básica): Amazon.es: Austin, John L., Carrió, Genaro R., Rabossi, Eduardo A.: LibrosCon palabras no solo decimos en un valor puramente descriptivo. Con palabras hacemos.

Sin ir más lejos, en un casamiento, decir “sí, acepto” tiene consecuencias más allá de lo enunciado. No solo se dice: en ese momento hay algo en la realidad que cambia. Lo mismo podría decirse — y desde ya este ejemplo no aparece en Austin —  de la palabra “envido”. Si se pronuncia en una partida de truco, incluso con un mero 20 o 21, no hay vuelta atrás. Ya está cantado. 

Es así que Austin da el punto de partida para la Teoría de los actos de habla. Las palabras tienen una dimensión realizativa: en todos los enunciados hay un “hacer” escondido.

En la novela del francés Queneau, esta idea se lleva al límite. Así tanto los personajes como el narrador vuelven palpable la brecha entre registros, entre oralidad y escritura: “Esokakabahedezir”, “ayastaltrén”, “¿Iesequiené?”, “No pue’ser”. 

Zazie, además, construye historias donde qué es verdadero y falso no importa: su madre le partió el cráneo al padre de un hachazo, un hombre hizo proposiciones inadecuadas, el tío es “hormosesual”. Todo el tiempo está rompiendo los límites de lo que puede decir — y hacer, que para Queneau es lo mismo — una nena. 

Trincaleón — que el escritor define como personaje central en una entrevista con Marguerite Duras — usa el lenguaje para definirse y a la vez olvidarse de quién es: en la misma novela es un trabajador de feria, un falso cana, un sátiro, un acosador. 

El trabajo de Queneau está en los juegos del lenguaje que tan bien traduce Ariel Dilon en Ediciones Godot al español rioplatense, al porteño. Una París en Buenos Aires es todos los lugares. Es la primera vez que podemos leer una obra de Raymond Queneau sin tropezar con el español ibérico.

La historia no está en lo que realmente pasa, sino en el lenguaje que se usa para que pase

Hablás, hablás. Es lo único que sabés hacer.

 

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